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Logotipo de la Confederación Católica de Padres de Familia y Padres de Alumnos, CONCAPA

 

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En la CONCAPA

Cohesión interna:
Andalucía, Canarias, Valencia

Aunque en una confederación nacional es habitual que surjan diversos focos de conflicto, me referiré tan sólo a tres casos que me parecen una buena muestra de lo que podemos encontrar, incluso de manera habitual, en una organización como la CONCAPA.

 

 
 

Andalucía estaba dividida en dos confederaciones autonómicas, una confesional y otro no. Ambas querían tener un representante en el Consejo Confederal, pero no pagaban cuota nada más que para que pudiera votar uno.

A todos ellos hubo que hacer frente desde el comienzo de mi mandato y casos de similares características podrían surgir en cualquier momento presente o futuro. Cuando yo asumí el cargo de presidente la organización estaba fuertemente dividida por éstas y otras diversas cuestiones.

 

ANDALUCÍA, católicos / no católicos.

Las ocho federaciones andaluzas constituyen un núcleo territorial y representativo muy importante para la confederación. Sus dirigentes son conscientes de ello. Estas federaciones estaban agrupadas en una sola confederación autonómica de Andalucía que sobrevivía, al margen de otros problemas, debatiéndose entre si debían o no ser confesionales. Los dirigentes de Granada, Málaga, Sevilla y Huelva eran partidarios, a ultranza, de recoger la catolicidad en sus estatutos, acogiéndose al derecho canónico. Los dirigentes de las otras cuatro provincias, Jaén, Almería, Cádiz y Córdoba, no le concedían tanta relevancia a esta cuestión, llegando a considerarla incluso como un obstáculo en su labor asociativa. Esto les llevó a separarse en dos confederaciones distintas que pugnaban a su vez por obtener la representatividad en la confederación. Sin embargo, el número de socios que declaraban las ocho federaciones andaluzas sólo les hacía acreedores de un único representante en el Consejo Confederal.

Al mismo tiempo, sus representantes presionaban constantemente a los cargos directivos de CONCAPA, principalmente al Presidente, para que se mediara en el conflicto por una parte, y se les resolviera el problema de la representatividad por otra. Problemas que eran irresolubles sin una previa modificación de estatutos. Todo ello aderezado con la persistente amenaza de salirse de la confederación si no se resolvían sus demandas.

 

CANARIAS, entre la indiferencia y el enredo.

Aparentemente, Canarias era una comunidad que no reportaba problemas para la CONCAPA. Su representante en el Consejo Confederal, el presidente de la federación de Las Palmas, asistía regularmente a las reuniones y siempre estaba dispuesto a colaborar. El congreso nacional se había celebrado recientemente allí y todos lo recordaban con satisfacción por el éxito que había supuesto. Sin embargo, este presidente de Las Palmas se quejaba continuamente del poco aprecio que la junta directiva de la federación de Tenerife tenía por la Confederación. En Canarias no estaba constituida una confederación autonómica. Era claro, como pude corroborar posteriormente, que entre ambas federaciones existía una rivalidad que tenía su origen en cuestiones insulares endémicas y que llegaba a afectar a la unidad necesaria para trabajar conjuntamente en beneficio de las propuestas educativas y de política familiar que aquellos representantes de la CONCAPA debían hacer al gobierno de Canarias.

Por otra parte, este presidente de la federación de Las Palmas me advertía continuamente, incluso desde antes de mi elección como presidente, de que no encontraba a nadie dispuesto a sustituirle. Esta cuestión la presentaba como un grave problema que le impedía abandonar el cargo, lo cual le ocasionaba grandes complicaciones personales. A su vez, unido a la indiferencia hacia la CONCAPA que mostraban los representantes de la federación de Tenerife, nos anunciaba que prácticamente era irremediable la desaparición de Canarias en la confederación.

 

VALENCIA, derroche de prepotencia.

Las federaciones de la Comunidad Valenciana, que tenían constituida una Confederación autonómica, eran de las integrantes de CONCAPA que mayor dinamismo y participación de padres denotaba. A mi entender, eso era debido fundamentalmente a que el gobierno de la Comunidad concedía una fuerte subvención a la organización de padres. Además, y esto es lo más importante, esta subvención se canalizaba a través de la Confederación. La CONCAPA de la Comunidad Valenciana era la que recopilaba la justificación de los gastos que tenían las tres federaciones (Valencia, Castellón y Alicante), y éstas las de las APYMAS de los colegios. De esta manera, al menos en apariencia, era a través de la estructura organizativa de los padres como llegaba el dinero de la subvención a las asociaciones. La Confederación se convertía así en la administradora de una de las fuentes de ingresos más importante con la que se contaba.

Este dinamismo, que en principio era muy positivo para mantener el vigor de la propia organización, no marcaba, en el fondo, grandes diferencias con otras federaciones o APYMAS integradas en la CONCAPA. Tan sólo la de constituirse en aquellas que contaban con mayores recursos económicos dentro de la confederación. A la postre, la calidad participativa de aquellos padres no era muy diferente de la de los demás. Sin embargo, el número de participantes en las actividades de la Confederación era mucho mayor, puesto que los costes para los padres de la Comunidad Valenciana eran mucho menores, o incluso nulos, debido a las subvenciones que recibían.

Al mismo tiempo, esta confederación venía reclamando a la CONCAPA una supuesta deuda millonaria, y no muy clara en nuestra contabilidad, en concepto de gastos de dietas y viajes de sus dirigentes que, al parecer, debía haber pagado la CONCAPA y lo pagaron ellos. Se trataba de una deuda basada en un recibo firmado por el entonces Secretario General, José Albiol, justo en la época en la que él se presentaba a las elecciones a la presidencia en pugna con Agustín Dosil. Aquel conflicto económico no fue nadie capaz de solventarlo hasta que yo no cogí el toro por los cuernos y me planté en Valencia un 10 de octubre de 2002 para llegar a un acuerdo de conciliación y resolver aquella deuda. Sinceramente pienso que, si no hubiera sido así, todavía seguiría vigente aquel contencioso.

Por otra parte, su presidente, Rafael Monter, había sido mi rival en las elecciones. El haberlas perdido nunca llegó a superarlo, quizá porque no entraba en sus cálculos que pudiera ganar yo. La cuestión es que la Confederación Valenciana siempre fue un lastre para mí, a pesar del derroche de generosidad que desperdicié con ellos porque siempre ocupó el cargo de Vicepresidente de CONCAPA algún miembro de aquella Confederación. Primero fue Antonio Ardid, Presidente de la Federación de Alicante, y luego Juan Pérez Godos, Presidente de la Federación de Castellón.

Finalmente, aunque no fue la única razón, esta confederación valenciana, y en concreto sus dirigentes, supusieron el detonante de mi dimisión.

 

 

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