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La Junta Directiva ante el conflicto

 

 

 

 

Memorándum

La Junta Directiva ante el conflicto

Es poco frecuente encontrar una junta directiva con el ánimo y la disposición al trabajo con el que comenzó el curso ésta a la que me refiero. La disposición que ofrecían sus miembros iba mucho más allá de la asistencia a las reuniones. Reuniones que discurrían en una conversación agradable y respetuosa con las manifestaciones de los demás, lo cual es menos habitual de lo deseable. Gran parte de ellos se fueron incorporando paulatinamente durante el primer trimestre del curso, puesto que había vacantes para ello. No obstante, su nombramiento como vocales debía ser ratificado en la primera asamblea que se celebrase. La presencia de todos ellos en las reuniones respondía a la buena fe de los recién llegados y de los que legítimamente pertenecíamos a la junta. Tan grande y buena era la disposición como la inexperiencia y el desconocimiento de las normas por las que se rige la federación.

En este ambiente, sano y salvo de sospechas mal intencionadas entre unos y otros, surgen las diferencias mostradas por el Presidente. La imagen de bondad y timidez con las que son presentadas no provocan otro sentimiento distinto del de la sorpresa e incredulidad ante el discurrir de los acontecimientos. Además, se sienten incapaces de contrarrestar desde un punto de vista jurídico e incluso ético los argumentos que se presentan. En la perplejidad, las miradas se dirigen hacia uno de los vocales que ejerce la profesión de abogado, el cual se venía destacando por intervenir frecuentemente, haciéndolo siempre desde la moderación. Pero éste adopta una postura tibia en las reuniones de la junta procurando mantenerse equidistante en las posiciones, aunque ligeramente inclinado hacia el Presidente, y por tanto acrecentando la incertidumbre. Esta postura contrasta con la mostrada fuera de las reuniones, es decir cuando el Presidente no está delante.

         
 
     
 


Las posturas de tibieza y falta de decisión pueden resultar más perjudiciales que las propias equivocaciones. No se debe actuar con malicia, pero hay que actuar porque si no el mal ganará siempre la batalla.

     
         

En este contexto, se quiere dejar constancia del respeto que merecen todas las personas de la junta directiva. En el proceso todos hemos errado. El dolor que se ha provocado es inmenso; pero todos lo han sufrido, aunque unos en mayor medida que otros. En todo momento manifestaron, prácticamente por unanimidad, su apoyo hacia mi y mi esposa. En las conversaciones personales que mantuve con cada uno de los miembros de la junta, la actitud que mostraban hacia ambas partes, la del Presidente y la mía, fue en todo momento caritativa, enmarcada siempre en la sorpresa. No obstante, sin menospreciar esa disposición positiva, quizá se hubieran evitado males mayores si se hubiera intervenido desde un principio con más decisión, conocimiento de causa y exigencia de rigor.

El Presidente fue el promotor del conflicto, sólo apoyado por un vocal que se mantuvo fiel a la beligerancia mostrada por el Presidente. Yo confié siempre en que se actuaba con honestidad y que, por tanto, se impondría el buen sentido colectivo de la junta directiva. Probablemente, si acaso el fin justificara los medios, una oposición menos ingenua y más contundente por mi parte hubiera hecho discurrir los acontecimientos por un camino más corto y menos dramático. En verdad, resulta en principio inexplicable el cambio de actitud de un par de vocales que, además, no lo eran de pleno derecho puesto que asistían más bien como invitados. Éstos pasaron de la virtuosa imparcialidad al enfrentamiento activo en mi contra. El resto de personas fueron afianzándose, desde un sentimiento de justicia reparadora, en su apoyo hacia mi y mi esposa; aunque de nada sirvió a pesar de ser mayoría.

fortunadamente, en beneficio de la fidelidad a la verdad, las actitudes más significativas han quedado reflejadas por escrito como elementos provatorios. No han existido otras manifestaciones o salidas de tono. Diferentes versiones pueden hacer más o menos hincapié en uno u otro hecho, ser más benevolentes con unos que con otros, pero lo que ha sucedido queda patente en el "Memorándum". A pesar de todo, en un ejercicio último de empatía, el lector debe hacerse cargo de la complejidad del problema y del tortuoso entramado de intereses y relaciones humanas que han podido intervenir. También desde estas líneas se quiere contribuir, en la medida de lo posible, a liberar el pesar de todo aquel que se haya sentido incapaz de hacer algo más de lo que ha hecho.

 

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